Un banco de alimentos “improvisado” para que nadie se quede atrás

“Cogí un día y me bajé a Dragones a dejar un par de bolsitas de comida. Pregunté si podía hacer algo y dejé mi número de teléfono. Punto.  Y lo que pasa es que, al día siguiente, me llama una chavala que estaba allí de voluntaria y me dice: tengo una propuesta de colaboración”. Así fue como la casa de Cristina Martínez, una joven madrileña de 35 años y vecina de la Lavapiés, se convirtió en una centralita improvisada dónde llamaban cada día decenas de personas en busca de ayuda. Cristina no era voluntaria en ninguna organización, pero con la llegada de la crisis del coronavirus y un ERTE, empezó a preguntarse como estaría siendo la cuarentena para los que estaban peor que ella: “No podía quedarme sin hacer nada”.

Lavapiés, Cuidando del Barrio

Hace 6 años madres y padres del barrio de Lavapiés crearon el Club Deportivo Dragones de Lavapiés, un equipo de fútbol dónde todo el mundo tiene cabida. Además de dar una oportunidad a los niños y niñas del barrio, desde su emblemático portal 12 de la calle Tribulete, fomentan la tolerancia y el intercambio cultural. La diversidad es la insignia del barrio de Lavapiés, aquí conviven culturas de todo el mundo y se mezclan personas de cualquier origen y condición, pero sus calles no están exentas de problemas como el racismo y la marginación. Desde los Dragones, los más pequeños, pero también los padres, aprenden a compartir y apoyarse entre vecinos, colaborando a construir una de las redes vecinales de apoyo mutuo más importantes de la ciudad.

La crisis del COVID-19 llegó sin previsión y he hizo mella en los colectivos más vulnerables. De las 250 familias del club, dieciséis necesitaban ayuda alimentaria. Los Servicios Sociales estaban saturados así que se pusieron manos a la obra y activaron las redes del barrio. El boca a boca dio sus frutos y se ideó un sistema de compras gemelas, una persona compraría para sí y para otra que la esperaba fuera del supermercado. “Se desató una cadena de acciones solidarias” y muchos comercios, obligados a cerrar sus puertas, se volcaron para llenar la despensa de Los Dragones. Gracias a la labor de vecinas como Marta, voluntaria y periodista, y a la difusión de Un Micro para el Sáhara, la ayuda ciudadana se  multiplicó, integrando voluntarios de otras asociaciones, vecinas y vecinos de la zona. Para cuidar del barrio de Lavapiés, surgió una Plataforma a la que le gustaría “no tener que existir”, La CuBa.

Mudanza al Teatro del Barrio

Mientras la ayuda llegaba, las necesidades no dejaban de aumentar y el local de apenas 40 m de Tribulete 12 se quedaba pequeño. Comenzó la búsqueda de un local más grande y se barajó el uso del espacio cultural de la Tabacalera. “Lo ideal es que estuviésemos en un lugar público”, señalan desde la plataforma. El 22 de abril se trasladaron oficialmente a la calle Zurita, dónde el Teatro de Barrio se ha reconvertido para dar alimento diario a unas 2500 personas.

Plataforma La CuBa en el Teartro de Barrio

“La semilla se plantó en los Dragones y eso fue esencial porque es un punto de referencia del barrio”, comenta Cristina. El Teatro de Barrio es uno de los centros neurálgicos de la vida cultural y desde que La Cuba se mudó las donaciones y la repercusión mediática han aumentado considerablemente. Pero muchas de las personas que acudían a los Dragones dejaron de aparecer simplemente porque no conocían el local. Demostrando una vez más la importancia de las redes vecinales, se dio a conocer el lugar a través de referentes locales como el Locutorio de Dara para que nadie se quedase atrás.

Cada vez que Cristina levantaba el teléfono se encontraba con todo tipo de historias: asalariados en ERTE’s, empleadas de la limpieza que se habían quedado sin trabajo, personas del mundo del comercio ambulante… Gente que vive día a día, cuyos negocios mueren cuando se apaga la ciudad. Llamaba gente de otros lugares, al principio intentaron atenderlos a todos, pero era inviable, así que comenzaron a derivarlos a las asociaciones que funcionaban en sus barrios. Muchas veces no había red o, de haberla, no tenían despensas para organizar un Banco de Alimentos, “pero claro, la necesidad estaba siendo no de ayúdame a hacer la compra sino, ayúdame, porque no puedo pagar la compra”. Actualmente los colectivos de ayuda vecinales de los barrios madrileños están en contacto en un grupo de WhatsApp que utilizan para coordinarse y compartir estrategias, la experiencia de veteranos de movimientos como el 15M resulta fundamental para movilizarse en tiempo récord.

Vecinos organizados para enfrentar la pandemia

La CuBa se compone actualmente de unos 100 voluntarios que se organizan en nodos (equipos de trabajo) para preparar las cestas, atender los teléfonos y realizar las compras. Desde “las centralitas” anotan las peticiones de ayuda y asignan una madrina a cada unidad familiar, que se encarga de comunicarse directamente con ellas: “La labor de las madrinas es muy importante para conocer mejor sus necesidades y para qué la otra persona no se sienta un número”. Con un horario de 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 reparten las cubas personalizadas a las personas que esperan al otro lado de la calle para mantener las costumbres que marca el distanciamiento social. En estas circunstancias hostiles, en las que gracias a La Farmacia de Lavapiés no les han faltado mascarillas, los voluntarios echan de menos “que no se vean las sonrisas”.

Voluntarias preparando reparto de calle

En el patio de butacas, transformado en almacén, un miembro de Plaza Solidaria coordina el reparto de comida al centenar de personas en situación de calle que acuden La CuBa. La Lorenza, “una señora taberna de Lavapiés”, presta su cocina y su cariño para poder repartir más de 30 comidas calientes al día a estas personas. Mientras, por la otra puerta, montan una cadena humana para descargar la furgoneta de Mariano, que viene dos veces por semana con alimentos frescos desde Mercamadrid. Todos aportan su granito de arena para poner en marcha la maquinaria solidaria del barrio. Cada tarde suben las voluntarias del Banco de Alimentos del Barrio con las donaciones que recogen en sus Cajones Solidarios de varios supermarcados de la zona.

La vicealcaldesa Begoña Villacís comunicó el pasado 16 de abril que “todas las personas que solicitan ayuda al Ayuntamiento están atendidas” (EFE). Pero la actividad no cesa en el Teatro del Barrio, síntoma de que los Servicios Sociales no alcanzan a cubrir la demanda de auxilio social. Limitación de recursos o el cierre de oficinas presenciales explican que muchas personas no acudan a la Administración, pero también existen otros motivos: el temor a las consecuencias de no tener documentación, limitaciones con el idioma o incluso el desconocimiento de estos servicios.  Desde la CuBa insisten a que sigan llamando al 010 “porque es importante que [los Servicios Sociales] sean conscientes de la situación para darse cuenta de la magnitud y para poder ayudar.”

Las asociaciones de vecinos surgen así de manera espontánea para llenar los vacíos institucionales y fortalecer los vínculos entre personas. Cada día plantea un nuevo reto para estas redes autogestionadas, que ponen todo su empeño en hacer de este barrio una comunidad. Mientras siguen llenando cubas esperan que la situación mejore y la administración pública les tome el relevo, para que, pronto, el Teatro del Barrio pueda volver a subir el telón.

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